Publicado en El Comercio el 15/12/2013

El Estado acéfalo

La inestabilidad política que hoy consume al país viene de un mal histórico que insistimos, día a día, en agravarlo. Pretendemos que el Gobierno funcione sobre un Estado que no funciona excepto en su isla milagrosamente amurallada: la de su macroeconomía. ¿Cuán fuerte puede ser esta muralla para resistir el oleaje político intenso de demandas salariales como la de los jueces, que podrían afectar el equilibro fiscal y el crecimiento económico?

No hay crecimiento económico que pueda acompañarse relajadamente con dosis de inestabilidad política. Y lo que es peor, con una combinación adicional letal de incompetencia, corrupción e inseguridad. Es comprensible que el presidente Ollanta Humala no sepa por momentos qué hacer con y por el Estado, cuando los principales miembros de su gobierno, que juraron precisamente como ministros de Estado, están perdidos en lo mismo. Apenas se mueven dentro del estrecho margen de algunas de sus competencias sectoriales tan claves como educación, salud y seguridad.

Si de pronto el Estado se ve vulnerado por una estructura mafiosa como la de López Meneses y el gobierno imposibilitado de ejercer un control de daño rápido y urgente, pasa cualquiera de estas dos cosas: la estructura mafiosa desborda la capacidad del gobierno para acabar con ella o la impotencia de enfrentarla encubre responsabilidades internas de alto nivel que, por alguna razón, no se quieren tocar.

Lo que estamos viendo es que en el Caso López Meneses (derroche de condiciones y favores del poder político al servicio de un operador de Vladimiro Montesinos) ninguno de los tres ministerios involucrados (Defensa, Interior y Justicia) quiere poner la verdad sobre la mesa del gobierno y presentar las cabezas de los responsables.

Es más que insólito que haya renunciado un ministro y hayan perdido sus puestos generales y coroneles y hasta un asesor cercano del presidente en asuntos de Seguridad y Defensa Nacional (Adrián Villafuerte) y no haya el menor rastro de quién ordenó resguardar la casa de López Meneses y por qué este se volvió la punta de una pirámide de penetración montesinista en el Estado.

Por más que al presidente Humala le asista la trinidad del poder (jefe de Gobierno, jefe del Estado y encarnación de la Nación) la inestabilidad política lo corroe todo. Solo hay una manera de controlarla: conduciendo el Gobierno y el Estado.

No solo el Gobierno, como hoy, y dejando acéfalo el Estado, que incluye muchas cosas más y a todos los peruanos que delegamos poderes cada cinco años, con la desgracia de estar casi siempre mal o pésimamente representados. En la conducción del Estado hace falta no solo el concurso del presidente sino de los demás poderes públicos, que al igual que los ministros han perdido la visión de Estado. El Congreso y el Poder Judicial no deberían quejarse del 10% y 9% de aprobación que arroja la encuesta de El Comercio-Ipsos publicada hoy.

Con ministros que no se hacen responsables de las crisis de sus sectores y que olvidan el expediente de la renuncia, con administraciones regionales que no se sienten parte de un gobierno unitario y con un presidente volcado al gobierno del día a día, sin un horizonte de mediano y largo plazos, no hay manera de que el Estado funcione.

JPC

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