El difícil exorcismo de Keiko, la columna de Juan Paredes Castro

Vista la entrevista de Keiko Fujimori con Beto Ortiz no tardé en preguntarme por qué esta mujer, siendo lo que parece ser (por sus ideas y declaraciones equilibradas de ese día), había elegido destruir su proyecto político y destruirse a sí misma.
La respuesta vino de la propia Keiko Fujimori, en la misma entrevista, cuando de la manera más suave y elegante le pide al presidente Pedro Pablo Kuczynski que renuncie, entre otras cosas, para no exponerse al consiguiente trauma de una vacancia.
Lamentablemente el suave y elegante empaquetado de su pedido de renuncia a PPK no traía consigo el creíble viento de equilibrio de sus demás declaraciones, sino el probado viento de la confrontación maligna de siempre: desear a Kuczynski fuera del poder.
Bastó ese solo instante de la entrevista para que todo lo que Keiko Fujimori tiene armado en la cabeza como fundadora de un partido, como visión del país, como sentido de Gobierno y Estado, descendiera en el pozo profundo del demonio que lleva dentro de sí: el demonio de su derrota electoral, a manos precisamente de Kuczynski.
Esta “fuerza del mal” no expulsada de su mente y cuerpo, no expulsada de su organización política, no expulsada de su bancada parlamentaria y no expulsada de su entorno íntimo, ha erosionado lo mejor de su tiempo, lo mejor de su relación con sus bases partidarias, lo mejor de su diálogo y entendimiento con las demás fuerzas políticas y lo mejor que esperaba el país de Fuerza Popular.
Keiko Fujimori es consciente de los votos que representa en el Congreso. No tiene que hacer de este poder del Estado una permanente fuente de conflicto e inacción. Sí puede hacer, desde el Congreso, 1) que el país recobre su serenidad y estabilidad, por encima de Lava Jato y la crisis presidencial; 2) que las fuerzas políticas puedan unirse en torno a reformas políticas capaces de ofrecernos un país distinto y mejor el 2021 y desunirse en las banalidades que quieran; 3) que la Constitución, que tanto defiende el fujimorismo con complejo adánico, no sea tratada a diario como una alfombra para limpiarse los pies.
Claro que esto solo puede ser posible en la medida de un necesario y urgente segundo exorcismo de Keiko Fujimori, que la devuelva a la vida y quehaceres políticos del país, sin el demonio del antikuczynskismo que, como un tumor maligno, debilita y embota sus mejores facultades. Su práctica cotidiana del cuerpo sano en mente sana, tiene pues que incluir el exorcismo del infierno electoral del 2016.
Esto mismo le reclama aplomo y tolerancia para enfrentar las investigaciones fiscales, autoridad para moderar el desborde apasionado de sus voceros, sagacidad para tratar con un padre ahora libre pero distante y un hermano demoledor de su liderazgo, y dejar de hablar a media voz para ser escuchada y entendida y no tener que esperar hasta una nueva entrevista con Beto Ortiz.
Keiko ya pasó por un primer exorcismo: su duro deslinde, el 2011, con el viejo fujimorismo, hoy reivindicado por Kenji.