Publicado en EL COMERCIO el 05/05/2019

La verdad al otro lado del túnel, por Juan Paredes Castro

Si hay sinceridad en esto de “que se sepa la verdad”, Martín Vizcarra no tendría por qué escapar del alcance de su propia frase en lo que pudiera sobrevenir en las investigaciones en curso.

 

Martín Vizcarra

Ante los actos fiscales y judiciales de los últimos días, el presidente Martín Vizcarra ha preferido ser austero en sus comentarios. Simplemente ha dicho: “Que se sepa la verdad”.

Una frase serena, librada al tiempo, algo así como desear que se llegue a la verdad al otro lado del túnel, del largo y oscuro túnel de la justicia. Distinta de la frase aquella de: “¡No me van a doblegar!”, de cuando él lanzó su apremiante cruzada anticorrupción, cayera quien cayera.

Por más que no tengamos acusaciones, ni juicios ni sentencias a la vista contra tantos imputados, y en medio de tantos escándalos, no podríamos decir que la cruzada haya caído en saco roto. Nos hemos llenado de expectantes hipótesis fiscales, indicios sin pruebas todavía, colaboraciones eficaces no debidamente contrastadas, detenciones preliminares, prisiones preventivas y hasta carcelerías domiciliarias no enteramente justificadas.

Las culpabilidades no se encuentran a la vuelta de la esquina.
En el fondo no estamos mal, porque hay un voluntarismo fiscal y judicial por llegar a las últimas consecuencias.

Pero tampoco estamos bien, porque ese mismo voluntarismo fiscal y judicial, a ratos acertado, a ratos errático, tiene que conducir sus “elementos de convicción” a través del largo túnel de la presunción de inocencia, de los debidos procesos, de la buena sustentación de las acusaciones y del respeto a la dignidad humana para llegar precisamente a la verdad.

Si hay sinceridad en esto de “que se sepa la verdad”, Vizcarra no tendría por qué escapar del alcance de su propia frase en lo que pudiera sobrevenir en las investigaciones en curso. Más de una vez ha dejado en claro que está dispuesto a esclarecer todo lo que tuviera que ver con sus responsabilidades de contratista y constructor antes de que llegara a las funciones públicas de gobierno.

En el ambiente que vivimos hoy de una política judicializada y de una justicia politizada, tal vez sea mejor pensar racionalmente en la verdad al otro lado del túnel. Pero vayamos al encuentro de ella no solo para desentrañarla y ajustar cuentas con los delitos en los tribunales, sino para desmontar lo que hasta ahora nadie se atreve a desmontar: el complejo tejido de la impunidad en el Estado, incluida la estructura judicial, y para finalmente enderezar, con todo el rigor posible, los vericuetos amañados del sistema de concesiones y contrataciones del aparato estatal, donde se incuba la corrupción en todos sus tamaños, de la más chica a la más grande, y donde cobraron vida grandes proyectos de inversión vial, como los de las interoceánicas, hoy profundamente investigados y reveladores de una corrupción en altísima escala.

Lo que quizás nos quiere decir la frase presidencial “que se sepa la verdad” es que ya no vivamos del tonteo de una anticorrupción vacía, tantas veces pregonada en la historia, exhibiendo solo trofeos de papel.

Pidámosle entonces a su propio autor, el presidente Vizcarra, que empiece ya por remover las estructuras de impunidad dentro del Estado y aquellas estructuras mafiosas que han convertido a algunos ministerios y gobiernos regionales en riquísimos botines de inescrupulosos ocupantes del poder político.

JPC

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